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Geólogo hasta la médula y minero por enamoramiento

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A Fredy Salazar, los secretos del subsuelo le atrajeron desde que era un niño. Su vida la pasó explorando, petróleo primero, minerales después. Este lojano atesora en su mente cada detalle de la evolución de la industria minera ecuatoriana.

Él es una especie de libro minero encarnado. Recuerda todo como si fuera ahora. Cada paso, cada obstáculo, cada celebración. Desde que empezaron a abrirse los primeros descubrimientos como el de Bella Rita, hacia finales de los años ochenta, justo en momentos en que culminaba su carrera de Geología en la Universidad Central del Ecuador, hasta estos momentos en los que ha ido abriéndose paso en la industria con la firma de exploración minera Salazar Resources, que cotiza en la Bolsa de Toronto.

A Fredy Salazar, su memoria lo remonta aún más atrás, a los días de cuando era un niño cuando en su natal Loja, junto a un grupo de amigos de la escuela, armaba sus primeras expediciones a buscar oro en el río Malacatos. Martillo en mano, los niños, hipnotizados por las historias que aseguraban que en la afluente se podían encontrar pepitas del mineral, pasaban horas picando piedras, sin encontrar nada. La desilusión le duraba solo hasta la siguiente vez de volver a meterse al río a seguir buscando el tesoro.

Así que el enamoramiento por la minería le llegó, aun sin haber encontrado una sola pepita. Y, mientras cursaba el cuarto curso de colegio, decidió que sería minero. Los problemas eran que en Loja no había una carrera y que en los únicos lugares donde se dictaba algo relacionado era en la Universidad Estatal de Guayaquil y en la Universidad Central del Ecuador. En 1980 emigró a Quito a enrolarse como un nuevo alumno de la Facultad  de Geología, Minas y Petróleo, no sin antes graduarse del colegio con una tesis sobre la evaluación de calizas y solo después de sortear otro obstáculo. “Nuestra situación económica familiar no era buena. Estaba frustrado por la idea de no poder estudiar lo que quería. El plan B era seguir Agronomía”, cuenta Salazar.

Para su suerte, encontró una pepita de oro en forma de beca. El entonces Ministerio de Recursos Naturales y la Corporación Ecuatoriana Petrolera (CEPE) abrieron un sistema de becas para que los mejores estudiantes de provincia pudieran estudiar la carrera de Geología, Minas y Petróleo. “Esto fue muy importante para mí ya que la beca consistía en entregarnos un salario mínimo vital para la subsistencia”.

De esta forma pudo graduarse como Ingeniero Geólogo, donde recopiló un amplio conocimiento sobre las formaciones geológicas y canteras a lo largo de la Vía a la Costa ecuatoriana. Inmediatamente, obtuvo la oferta para incorporarse a Texaco para explorar petróleo en Manabí. “Tanto para la industria petrolera como para la minera se requiere estudiar las rocas. En el caso de petróleos, se exploran las rocas sedimentarias, mientras que en la minería, se analizan las rocas volcánicas”, explica, ante la permanente  duda de cuáles son las similitudes entre ambas actividades.

El salto a lo suyo

En los años 1987 y 1988 empezó a haber una mayor presencia de actividad minera en el Ecuador. A ello se sumó un hecho que, en apariencia, era no relevante, pero que desembocó en algo mayúsculo. El país soportó una intensa temporada de lluvias que inundó el territorio, lo que provocó un mayor flujo de agua en los ríos y fuertes pérdidas en muchas familias. La pobreza hizo voltear la vista a los ríos en busca de oro y una fiebre se despertó cuando en efecto, se supo que el mineral estaba emergiendo.

Salazar, al conocer sobre todo este repentino despertar de la minería, se alejó del área petrolera y se fue a trabaja en Ponce Enríquez, Azuay, en el proyecto Gaby, que hoy está a cargo de IMC, una de las zonas más productivas de oro para pequeña minería. Ese fue el inicio de una carrera de 33 años que lo ha llevado a conocer al detalle la actividad y que le permitió realizar una serie de trabajos. Primero, se vinculó a la empresa minera estadounidense Newmont, como geólogo junior, en donde pasó 10 años en el Departamento de Exploración en el Ecuador. Luego, hizo un paréntesis por tres años para dedicarse a las consultorías ambientales y petroleras, donde pasó a manejar una nómina de dos empleados a una de 100. No obstante, el corazón quiere, lo que el corazón quiere, así que retomó la actividad de exploración minera.

Conoció a Keith Barron, CEO de Aurelian, uniéndose al equipo de trabajo que descubriría Fruta del Norte, lo que constituyó una fuente inagotable de aprendizajes. “Veía paso a paso lo que iba haciendo Aurelian, cómo se iba formando la empresa, y, a mí, eso me parecía que era algo inalcanzable. Pero la vida y el trabajo logran hacerlo posible. El dinero ahorrado de las consultorías y servicios petroleros lo invertí en un proyecto de exploración en el sector de Las Naves. Había aprendido que, para tener una exploración importante hay que tener una compañía importante y hacer paquetes grandes de 50.000 a 100.000 hectáreas para explorar”.

Es así que se impulsa la exploración en Curipamba, con resultados exitosos en superficie, algo que fue buena y mala noticia a la vez. Buena, porque significaba que el objetivo había sido muy bien elegido; mala, porque, para pasar a la siguiente etapa, a la de perforaciones, se necesitaban fuertes cantidades de dinero que Salazar no disponía. Entonces, barajó una decena de alternativas, entre ellas, asociarse con alguna compañía, o buscar financiamiento. E hizo, otra vez, lo que parecía algo improbable de lograrlo, viajó a Canadá a vender su idea. Tomó contacto con Canaccord, que le recomendó abrir públicamente su empresa al mercado bursátil. Eso sí, había que bordear otro obstáculo, disponer de USD 300.000 para costear los honorarios de los abogados. Y eso no disponía. Afortunadamente, logró establecer una alianza con canadienses que le permitió llevar a cotizar en la Bolsa de Valores de Toronto  a Salazar Resources.

“Para marzo del 2007 empezamos a hacer el ‘trading’ en Canadá. Conseguimos levantar inicialmente USD 2 millones, luego USD 5 millones más y después USD 13 millones adicionales. En el 2017, concretamos una alianza con Adventus Mining, lo que nos lleva a bordear USD 90 millones en financiamiento para proyectos de exploración minera en el país. Ha sido importante para nosotros haber entrado en este reto de competir como cualesquiera otra junior canadiense y haber tenido éxito”.

En este recorrido, las acciones han llegado a costar hasta USD 4 (desde USD 0,03). En los dos últimos años, porcentualmente, Salazar Resources es una de las empresas con mayor perfil en Canadá, ya que sus acciones se revalorado. Comparativamente y de manera proporcional, las acciones han subido un 500% en los últimos cuatro años, para quienes compraron acciones en USD 0,06 ahora cada una está en USD 0,35.

El futuro

Padre de tres hijos y amante de las actividades agropecuarias, Salazar ya piensa en las próximas generaciones y en un Ecuador con una gran expansión minera. Por el lado empresarial, su hijo, Fredy David ahora es quien se encarga de todo el proceso corporativo entre Londres, Canadá, Estados Unidos y Ecuador. “De lo que se trata ahora es de entregar la posta a las nuevas generaciones para que sigan haciendo crecer a la actividad minera Nosotros, siempre estamos buscando gente joven, gente junior para poner sangre nueva en la exploración de la compañía y que lleve la misma filosofía nuestra. De la mano, estamos invirtiendo más en el apoyo social a las comunidades”.

Del lado de los proyectos estos avanzan con buenas perspectivas. El Domo, que será la  tercera mina industrial en el Ecuador, está financiado y en fase de  factibilidad que se espera termine en el 2021. Para el 2022 empezará la construcción y para el 2024 la producción y exportación de concentrados. Adicionalmente, desarrolla los proyectos Pijilí, en Cuenca, en fase de exploración; Santiago, en Loja en diálogos con las comunidades; Curipamba, en donde se ha pasado de un 20% de aceptación de los pobladores a un 70%; y otros proyectos en El Oro, en Loja y en Rumiñahui, lo que en su conjunto permitirá a la empresa tener una actividad por cinco años. A esto se suma un  proyecto de exploración en Colombia, a lo largo de 20.000 hectáreas.

Llegar a esta instancia ha sido de un trabajo de persistencia para Salazar. Él recuerda como anécdota cómo entre el 2014 y el 2016 la situación de la compañía era muy compleja, hasta el punto que no se disponía de recursos para pagar la luz ni el arriendo y las deudas sumaban alrededor de USD 2,5 millones. “Tuve que sacar de mi bolsillo para cubrir el déficit de la compañía. Tuvimos la suerte de contactar a Source Capital Fonds y nos asociamos. Logramos conseguir unos USD 7 millones, a USD 0,06 la acción y de ahí ya nos levantamos. Luego vino la alianza con Adventus y todo mejoró. Actualmente,  nuestra compañía ya vale por sobre los USD 40 o USD 50 millones”.

Por eso Salazar da un mensaje claro a los demás actores de la minería nacional: “Mantengámonos unidos y tratemos de enlazar todos nuestros esfuerzos para que sean más efectivos los resultados. Miremos todos hacia un mismo horizonte, buscando el beneficio para cada uno de nuestros accionistas, en diferentes compañías, y para ser más efectivos. Debemos estar más unidos y dejar a veces los intereses particulares”.