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Doctora de nacimiento, minera por naturalización y arquera por azar

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La cuencana María Augusta Nivelo es la Médica Ocupacional en el proyecto Fruta del Norte. Esta madre de tres hijos es una apasionada por su profesión y, a raíz de su ingreso a la industria, de las actividades en campo.

Sus primeros regalos de navidad y de cumpleaños, durante la infancia, fueron muñequitas con estetoscopios, botiquines y microscopios. Regalos entregados por su padre, Manuel, un dedicado educador que le señaló, de mil maneras, el camino hacia la Medicina. “Soy la creación de mi padre, desde muy pequeña”, dice con orgullo. Su madre, Norma, era también profesora. Ella es María Augusta Nivelo, una médica cuencana fascinada por los testigos, piedras rústicas que revelan la existencia de oro, y por sus tres hijos: David, Jeremías y Elías.

Nació en 1976, fue la única hija mujer, la del medio, tiene dos hermanos, uno piloto y el otro abogado. Su padre había estudiado Medicina hasta el quinto año, pero se retiró para trabajar y sostener el hogar que, a muy temprana edad, había formado con su madre. Por eso, cuando María Augusta, también se enamoró, casó y embarazó, durante el segundo año de universidad, su padre se sintió decepcionado, no quería que ella repitiera la historia. Pero María Augusta perseveró y, al graduarse, le dedicó todo ese logro a su padre. Reconoce que también se sentía atraída por el diseño, la decoración, la estética de la construcción, pero su pasión por la Medicina no la cambiaría por nada.

No fueron fáciles sus años universitarios, pero cree que “son muchas las mujeres y los hombres que luchan a contracorriente en busca de sus sueños”. Sus compañeros de aula fueron su gran soporte, al igual que su familia y la de su entonces esposo.

Una anécdota muy particular, que relata con emoción, es que dio a luz justo el día en que rendía un examen final muy importante, así que no pudo asistir, pero al día siguiente, llegó al aula. El profesor al verla, le dijo perplejo: “María Augusta, ¿qué hace aquí?, vuelva a la casa con su hijo”. Se siente muy bendecida por haber recibido tanta ayuda para cuidar del bebé, mientras realizaba sus prácticas, el internado, las clases; a veces solo llegaba por las noches a acariciar a su pequeño.

Se graduó en el 2002, como Doctora en Medicina General y Cirugía, en la Universidad de Cuenca. Luego tuvo que trasladarse a Galápagos para hacer la rural, su hijo David tenía tres años y no viajó con él. Su objetivo era escoger una plaza que le permita llevar a su hijo, pero lo primero que le dijeron era que no iba a regresar hasta dentro de seis meses. Era un escenario que ella no podía admitir.

En esos mismos días, la FAE solicitó un médico al Ministerio de Salud Pública y ofreció algunas ventajas como una casa, viajar todos los meses, jornadas 14/14, era todo perfecto. El Director de Salud se lo propuso y no lo pensó dos veces. Volvió a casa por su hijo y por dos años estuvieron disfrutando la hermosura de Galápagos. Lo recuerda como una experiencia maravillosa.

Los próximos siete años, del 2004 al 2011, hizo libre ejercicio de su profesión.

Su sueño era trabajar dentro de las industrias, pero se complicaba llevarlo a cabo debido al nacimiento de sus otros dos hijos.

Tuvo que esperar hasta que vayan a la escuela para retomar su camino profesional. Llegado el momento, entró a la industria petrolera y estuvo dos años allí, fue cuando conoció al mentor de su profesión, quien la motivó a que hiciera de la Medicina Ocupacional una profesión basada en ciencia.

Más adelante, fue contactada por la industria de la construcción y pudo mirar una nueva realidad del trabajador en ese campo, especialmente porque era una industria de hombres donde no estaban dispuestos a ceder el espacio y mucho menos a una mujer. Recuerda que, en una ocasión, la gerenta de Seguridad, al verla triste y desmotivada, le dijo: “María Augusta, ponte los pantalones y las botas de estos hombres, y cuando salgas de aquí, te subes en tus tacones”. Así lo hizo y se ganó el respeto de sus compañeros. Permaneció allí por cuatro años.

En el 2015, sobrevino en Ecuador el ‘boom’ de la minería y, aunque nunca se imaginó ser parte de este sector, vio la oportunidad de un nuevo aprendizaje, un crecimiento profesional. La contactó Recursos Humanos de Lundin Gold y asistió por curiosidad a la entrevista, sin conocer nada de minería. A pesar de que le informaron que no había seguridades de que sea un proyecto a largo plazo, ella decidió ponerse la camiseta y apostar por esta nueva experiencia. Tras un largo proceso de selección, fue escogida.

Al ser un proyecto que apenas iniciaba, se facilitó crear bases, soportes sólidos e ir creciendo de a poco. Empezó con 68 trabajadores en el proyecto, era un grupo humano muy pequeño, por lo que era posible ir formando los comportamientos en temas de salud, en temas de seguridad, desde el inicio. Ella vivía en el campamento. Tenían jornadas largas, 18/10, ahora son 14/14.

Había solo tres mujeres en el sitio, la una era la Gerenta de Campamento, la otra era una doctora con funciones de contratista, los demás eran hombres. Refiere que “no fue difícil para mí, en Lundin Gold, ser una mujer en una industria de hombres, éramos no solo compañeros de trabajo, sino que teníamos interrelaciones importantes que nos hacían amigos”.

El proyecto estaba en etapa de exploración, el grupo de geología era el más numeroso y todos los demás brindaban soporte a la acción de exploración. Empezaron por crear el Programa de Salud Ocupacional e implementarlo. Hoy en día, hay 1 400 empleados y ya hay un Plan Médico de Salud Ocupacional enfocado a la etapa de producción. Durante la pandemia manejaron la jornada 28/28, es decir, pernoctar 28 días en el campamento y regresar 28 días a la casa.

Asegura que ha sido un aprendizaje de todos los días, crecer de ser pocos a tener un campamento para 2.000 personas, hacer la parte estructural, la mina, y ver cómo diariamente se procesa el producto final, por el que tanto se trabajó. Se siente muy favorecida al haber sido parte de todo el recorrido.

El periodo de la pandemia ha sido el que más le ha marcado, por los días tan agobiantes y de mucha responsabilidad. Pero se llena de satisfacción al recordar que todo el grupo se unió como una cadena y han cumplido con todo lo que se les ha indicado, están todos sanos.

Ha participado y conocido de otras operaciones, con los permisos necesarios, como acceso a la mina., y eso ha sido fundamental para conocer cada uno de los procesos, las sustancias que se utilizan y su impacto en la salud de los trabajadores.

Hizo una Maestría en Seguridad, Salud y Ambiente, en la Universidad San Francisco de Quito, luego un Diplomado en Medicina Ocupacional en México y también una Especialidad Médica en Medicina Ocupacional, en la Universidad Cayetano Heredia, en Perú. Y aspira a seguirse formando.

Al pensar en su vida, la divide en dos partes: su vida de trabajo y su vida social, en campamento, y su vida familiar en casa. Por lo que sus actividades de distracción también las realiza con sus amigos, confidentes, aliados, en el campamento, van al gimnasio, escuchan música, cantan. En casa lo único que hace es dedicarse a sus hijos, estar muy presente con ellos. Y, claro, decorar.

Hay un equipo de fútbol femenino en el campamento, en el que es arquera, que es la única posición en la que funcionó perfectamente. Con su participación, contra todo pronóstico, llegaron a ser campeonas alguna vez.

Su mensaje para las mujeres que están preparándose y quisieran tener una oportunidad en la industria minera es que esa oportunidad es igualitaria, que no hay limitaciones de género y que el sueño que puedan tener, lo pueden forjar. Está convencida de que el mundo, la industria, la minería es para absolutamente todos, que “solo necesitamos estar preparados, amar lo que hacemos y tomar la decisión”.