Buscar

El cuencano que sueña con convertir a JZ en la Nike de la minería

Compartir

El desempleo lo obligó a emigrar a Estados Unidos. Tras ahorrar, Juan Andrés Zunio regresó al país a montar su propia empresa. Ahora, brinda asesoría para empresas mineras, especialmente las pequeñas y medianas. También dicta cursos ‘on line’

Siempre fue bueno para las matemáticas. Su mamá lo inscribió en la carrera de Ingeniería en Minas, sin consultárselo antes, cuando se abrió la opción en la Universidad del Azuay. Él se lo agradece cada día. Tanto, como a sus cuatro hermanos, el apoyo incondicional y el tesón para dejar en alto el apellido por el que, recuerda, fueron discriminados en el colegio. Él es un luchador. Es Juan Andrés Zunio.

Estudió en el Colegio San Francisco de Borja, en Cuenca. “Un colegio de pelucones, ahí estaba yo compartiendo con compañeros de apellidos de peso. Siempre hubo esa diferencia social”. Pero, por el suyo, lo veían mal y allí se gestó el deseo ferviente de ser respetado. Tras graduarse, empezó a trabajar para aportar a los gastos de la casa. Sus tíos eran canteranos. Ellos tenían una cantera en la Vía a la Costa, llamada San Luis, que ya cerró sus operaciones, a la que fue a trabajar en el mantenimiento para las trituradoras, abastecimiento para las actividades de perforación y coladura y hacer que todo el explosivo llegue adecuadamente. Fue su primer acercamiento a una actividad de corte minero, aunque él no lo sabía.

Gracias a la gestión de su madre, se presentó al examen de ingreso en la Universidad, sin ninguna preparación previa, sacó un puntaje muy elevado. Eso le motivó y lo tomó como una linterna en el camino, que lo llevaría a enamorarse de la minería.

Define la época universitaria como buena, aunque admite que pudo haber sido mejor en la parte técnica, en cuanto a visitas, maquinaria y equipos. Le gustó la posibilidad que brindaban a los estudiantes, a través las pasantías, de trabajar en cualquier mina que escogieran. Así fue cómo llegó a trabajar en Ponce Enríquez y en Mirador. “Es macho salir de las aulas a la labor en minas, nos tocó aprender en el campo”.

En Mirador colaboró con las actividades de perforación y voladura secundaria, apertura de vías para las canteras y en los depósitos de explosivos: los polvorines. Esa experiencia le fue de gran utilidad no solo para futuros proyectos en canteras, sino en obras civiles.

Tras concluir las pasantías y graduarse, en el 2016, envió un sinnúmero de carpetas a muchas empresas mineras en el país, sin obtener ninguna respuesta. Fue cuando decidió viajar a los Estados Unidos. Su visión era que, ya que no podía conseguir empleo en Ecuador, debía generar su propio espacio laboral y dar un excelente servicio bajo la modalidad de gran escala, en las pequeñas minas, con tecnología de punta.

Sus tíos que vivían en Estados Unidos, en el Bronx, tenían una empresa establecida de demolición. Él vivió en Nueva York, para sus tareas en la empresa se desplazaba una hora de ida y una de vuelta, diariamente. Allí no se permitía el uso de explosivos, por lo que aprendió a usar los martillos neumáticos adaptados a excavadoras. También hacía perforaciones con ‘drill’ lo que, curiosamente, resultó ser también otra actividad de corte minero. Ganaba aproximadamente USD 600 a la semana, ahorró todo para comprar equipos. Poco a poco fue adquiriéndolos: una estación total, brújulas, GPS, un dron, una computadora y todos los implementos que requería para concretar su sueño.

Regresó al país con hambre de triunfo, abrió inmediatamente su Registro Único de Contribuyentes (RUC) para poder facturar. Pero las cosas no fluyeron como se había imaginado. “El primer año fue un año malo”, dice, “no llegaron cientos de personas a tocar mi puerta para pedirme que haga minas”, recuerda y sonríe un poco. Pero como es un luchador, para el segundo año, se armó de tenacidad y de un nuevo plan, salió por todo el país a tocar puertas, mina por mina, cantera por cantera, porque si una de las 100 puertas que tocaba, se le abría, se sentiría increíblemente feliz. Y así fue.

JZ Consultora Minera es una empresa joven, cuenta con una secretaria y una contadora, pero él es el eje, quien ha invertido todo su capital y su tiempo. Para cada contrato busca profesionales por campaña, pero no son parte de la empresa. Generalmente contrata gente de la zona donde realice el trabajo que conozca del tema. Le motiva a seguir adelante su hijo de un año y 11 meses y también conocer el potencial minero que tiene el Ecuador. Su interés es aportar con un granito de arena a que la imagen de la minería no sea mal vista en el país, sino que se la reconozca como una actividad que, si se lleva con técnica y responsabilidad, puede fomentar el tema social, el tema ambiental.

El logo de su empresa lo lleva pegado en su auto y la gente al verlo lo primero que piensa es: “Nos viene a explotar”, pero cambian de idea cuando se dan cuenta de que nada se mueve sin un proceso profundo de socialización. Tuvo una buena experiencia en el Proyecto Warintza, de Lowell. Hizo el levantamiento topográfico para hacer la vía de acceso. Pasaba por las comunidades y compartía con las personas. “Hubo mucha socialización, llegamos a la gente con un mensaje claro”.

En su opinión, la característica angular de un buen minero es tener apertura a las consultorías, porque ahí se desarrollan buenas ideas. “Es complicadísimo hacer que un minero se tecnifique, pero es muy necesario”, afirma. Hay personas que se han ido a la quiebra por no haber tomado decisiones que reduzcan la incertidumbre en un proyecto minero, no importa si es uno grande o uno pequeño.

En la pandemia, su negocio tuvo un crecimiento mayúsculo. Durante el confinamiento estuvo en la casa, estudiando, pero cuando salió tuvo mucha acogida con clientes, se sumaron siete. Además, dio un curso virtual gratuito para motivar a los estudiantes, se llamaba “Topografía con drones aplicada a la minería” y, para su sorpresa, fue un ‘boom’. Hubo gente de Chile, Perú, Bolivia, México, EE.UU., Colombia y Ecuador. La gente le pide más cursos, así que seguirá en la dinámica.

Su tiempo libre lo comparte con sus dos amores: su familia y la minería. Tiene un departamento en Cuenca con una piscina inflable, donde se bañan. También les gusta pasar tiempo en el parque. Pero su mente no va muy lejos, siempre está pensando en nuevas ideas para la minería. Es hincha del Deportivo Cuenca y del Zhumir, en especial cuando debe ir con su equipo de trabajo a la montaña, a lugares muy fríos, que serían imposibles de sobrevivir sin unos sorbitos de licor. Lo llevan en las venas.

Dice que su sueño ya no es un sueño. “Ya sembré la semilla y solo queda llegar con el agua. Crecer y florecer. Tener clientes y dar asesoría también en el extranjero”. Quiere que JZ sea reconocida a escala mundial como una marca que signifique excelencia en los estándares y en la ingeniería. Un sello de muchos quilates, “la Nike de la minería”.

Los clientes que le dieron la oportunidad de demostrarles su capacidad, son actualmente la parte medular del negocio, confían completamente en su trabajo. Poco a poco se ha ido adaptando en cuanto a tiempos y logística. “Si tenemos que quedarnos a dormir donde están nuestros clientes o quedarnos a vivir con ellos, nos quedamos a vivir”, bromea. Todavía no incursiona en la parte de exploración, pero ya piensa en implementar la evaluación de yacimientos con la concurrencia de ingenieros que sepan de geoestadística. Aún no da ese servicio, pero a futuro lo podrá hacer. “Es un tema muy costoso”, dice, “ahora estamos netamente haciendo consultoría en diseño y minado”.

Tiene firmado un contrato para realizar evaluación de un yacimiento y está aplicando geoquímica de rocas, que es un método superficial, pero no tan potente como para saber si se mantendrá en 15 años con esa forma. Hace poco ofreció sus servicios a una empresa de pequeña minería, que tiene su planta de beneficio, para brindar asesoría en diseño de mina a corto, mediano y largo plazo, también perforación y voladura. Lo pudo hacer gracias a la experiencia ganada con las pasantías, donde perdió el miedo a los explosivos, lo que ahora le permite realizar un trabajo técnico de alta precisión.

Como una anécdota triste y aleccionadora recuerda la primera vez que entró a una cantera. Los trabajadores allí estaban acostumbrados a usar su boca para morder los explosivos y dentro de los fulminantes hay pentolita, que es muy sensible al movimiento, entonces, un trabajador mordió más allá de la línea marcada y le explotó. “Se le fue la mitad de la cabeza”, recuerda estremecido, “y yo quedé en shock”. Por eso la seguridad industrial es para él lo primero. Un mantra que repite diariamente.