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De antiextractivista a embajadora de la minería responsable

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Para Daysi Cueva, su trabajo en Carnegie, subsidiaria de SolGold, le quitó la venda de los ojos. Ella demostró cómo el diálogo y la información mejoran la relación con las comunidades.

Es la hija del medio de una familia quiteña. A los 15 años fue Scout.  Hacía trekking. Hacía acampada. Y siempre sintió una atracción irrefrenable “por el misterio que hay en torno a la radio y la fotografía”. Su padre, el profesor Marco Cueva (R), fue quien engendró en ella la pasión por lo social, por querer ser la voz de otras personas. Es Daisy Cueva.

Estudió en el Colegio Franciscano Albernia y, tras graduarse, sin aún decidirse por la carrera universitaria específica en la que encarrilarse, empezó a trabajar como anfitriona en KFC, ella se encargaba de las fiestas infantiles. Con sus incipientes ahorros, se inscribió en la carrera de Comunicación Social en la Universidad Politécnica Salesiana. El primer año pudo estudiar y trabajar, pero luego, por tema de horarios, tuvo que decidirse por solo estudiar. Sus padres asumieron todos los gastos universitarios.

Optó por Comunicación para el Desarrollo, ya que es una carrera que se orienta a la comunicación organizacional y el trabajo con la gente. Al egresar, entró a trabajar a Metrocel, mientras desarrollaba su tesis. Fue la cuarta en graduarse de su promoción y con el título en la mano se marchó a la Secretaría Nacional del Migrante e ingresó como Asistente de Comunicación. Permaneció en ese cargo por cinco meses.

Luego se dedicó a hacer consultorías y una de ellas fue la reforma de la página web del Ministerio de Ambiente. Luego pasó a la Organización Latinoamericana de Gobiernos Intermedios, que era una organización que proponía varias actividades para las mejoras de los gobiernos locales. Ayudó en la organización de foros donde se compartían las buenas experiencias entre los gobiernos locales de Latinoamérica. “Uno no sabe lo que tiene, hasta que ve que funciona”, explica al recordar las experiencias que se recogieron de Ecuador y se expusieron en estas jornadas.

Con una de sus compañeras de trabajo, al cambiar de presidente la ONG a uno de Argentina y con el consecuente cambio de sede, al no saber qué hacer ante este cambio, se les ocurrió montar su propia empresa de servicios de consultoría y asesoramiento a los gobiernos locales, ya que con el Código Orgánico de Organización Territorial, Autonomía y Descentralización (Cootad) asumían competencias para las que no había una capacidad técnica a nivel de gobiernos locales. La empresa se llamaba Solucionar, ella era Presidenta y socia. La aventura duró tres años, hasta que se destapó la crisis de los gobiernos locales y la empresa dejó de ser rentable.

Recibió entonces la llamada de una compañera de la universidad para ir al Instituto Nacional de Investigación Geológico Minero Metalúrgico, para trabajar en el proyecto de mapeo geológico y hacer los procesos de socialización. Este fue casi su primer contacto que tuvo con el área minera. Previamente había hecho una consultoría en el área de gestión social para una mina de áridos y pétreos en la zona de Calacalí.

Fue una gran experiencia porque pudo notar que a veces los quiteños asumen ciertas posturas en contra de proyectos como las canteras de la zona norte de Quito, pero que, a la final son temas de consumo arraigados. La gente que vive alrededor de las canteras tiene afectación del ruido, afectación del polvo, y las empresas que tienen estas concesiones cumplen un rol con el tema de la responsabilidad social con las comunidades que se encuentran cercanas a sus proyectos, y sobre todo con el tema ambiental. Pero claro, la zona es muy seca y el tema de remediación ambiental no es como se lo podría imaginar, porque las condiciones no dan para eso, pero sí se lo podía trabajar en actividades con las familias y eso era importante”, explica.

En su nuevo trabajo, en el Instituto, fue parte del equipo de la socialización, promoción y difusión del proyecto de mapeo geológico del Ecuador. Además, manejaba temas comunicacionales y también los procesos de vinculación de los proyectos con la sociedad. Una de las cosas más destacables de su gestión fue sacar la Revista Geológico Minero Metalúrgico “Geo-latitud”, en la que se invirtió dos años.

La búsqueda de auspicios para la revista, la llevó a tener acercamientos con empresas mineras y así se involucró un poco más con el sector. Y se dio la coincidencia de que encontró una publicación de una oferta laboral para la socialización de proyectos mineros y, aun con escepticismo, envió su hoja de vida. Luego de tres meses, la empresa SolGold la llamó a una entrevista y así inició su proceso de vinculación a la minera.

Califica estos tres años como una vivencia valiosa, le causaba mucha expectativa ingresar a un ámbito laboral conformado en su mayoría por varones, pero su capacidad y habilidades la llevaron en poco tiempo a ser nombrada Coordinadora del Equipo de Relaciones Comunitarias, de Carnegie Ridge Resources, que es subsidiaria del grupo SolGold. Una de sus prioridades fue, desde el inicio, trabajar en las comunidades en acciones con enfoque de género, así es que impulsó la vinculación de muchas mujeres como proveedoras de servicios de alimentación y otros servicios de campo.

“El sector minero no debe ser solo visto como una fuente de empleo, sino como una oportunidad de desarrollar otras actividades paralelas que fortalezcan el sector”, afirma al revisar el trayecto. Se siente contenta de haber podido implementar un servicio de catering y un vivero, en donde trabajan mujeres cabeza de hogar y crear así en ellas un empoderamiento real. Carnegie cuenta con tres proyectos, uno es el de Chical, que se encuentra en la zona de frontera con Colombia, otros es Blancanieves, que es el proyecto más avanzado, donde están los proyectos en curso con mujeres, y el último es Río Amarillo, en las parroquias de Cahuasquí y Salinas.

Otro de los retos fue poder acercarse a las comunidades Awá, adonde, por lo común, debido a las distancias, el Estado no alcanza. Recuerda haber llegado, luego de cinco horas de caminata en lodo y un cruce riesgoso por un río, a la comunidad de El Tigre, entre las parroquias de Jijón y Caamaño y Chical, y hacer un proceso de socialización e información, aun con la posición antiminera de todas las personas del lugar. Le permitieron hacer una reunión, a la que fue con una promotora local, un geólogo y un guía con un caballo. Llegaron en la noche y la reunión se realizó a las 08:00 del siguiente día. Llegaron cansados y con hambre y la comunidad fue muy generosa en brindarles comida caliente y un lugar donde descansar. La socialización fue muy buena y se estableció un vínculo con la comunidad. Durante la pandemia se interrumpió el contacto con ellos, pero continuamente les envían kits de bioseguridad y mascarillas.

La zona de Chical, por su parte, tenía un componente de activismo antiminero muy alto, con la existencia de dos asociaciones ecologistas en el sector. Además, al ser una zona de frontera, separada solo por un puente de la frontera, tiene la presencia de grupos paramilitares. Marcelo Burbano, uno de sus colegas, ya había intentado antes crear un acercamiento, sin éxito. Así que ella buscó acceder a las comunidades de Quinshull y La Esperanza, y habló con el presidente de esta última, ‘Don Wilo’. Eso abrió la puerta para ingresar. “Solo deme una oportunidad de poder contarles qué es lo que hacemos y respetaremos su criterio, si dicen que no, no me ven más”, le dijo. Luego de una semana, Don Wilo la llamó aceptando la reunión.

Recuerda que, en su época universitaria, era muy marcado todo el tema en contra del extractivismo, en contra del capitalismo, y el sesgo que ella misma había tenido. “Si yo no hubiera entrado al sector minero, créame que yo seguiría convencida del no al extrativismo, Lo que nos hace falta como ecuatorianos, es información”.

No se considera feminista, cree en la igualdad de oportunidades y que para eso es necesario una aceptación entre seres humanos. Dice que la actividad minera permite el desempeño de las mujeres en varias ramas, tanto en la operativa, como en la administrativa y nota un punto de quiebre en Ecuador para demostrar que con más oportunidades, sí se pueden evidenciar las capacidades y profesionalismo de las mujeres. Le llama mucho la atención descubrir que, en países como Argentina, la proporción hombres/mujeres es a la inversa. Esto se debe a la forma de ellas de afinar los detalles, lo que, en geología, es sumamente valioso.

Por eso, su admiración mayor ha sido a las geólogas y una de las formas de cambiar el estigma, ha sido a través de los productos comunicacionales que sacaba. “Ya no eran los hombres los que salían en la portada”, dice. Fue cuando pudo explorar su otra pasión, la fotografía, pero no la de pose o la trabajada en un set, sino la de campo. De hecho, una de las geólogas del Instituto, se convirtió en la imagen del extinto Ministerio de Minería. Su visión era demostrar desde lo visual y comunicacional que el sector minero puede abrir oportunidades tanto a hombres como a mujeres.

El lema de los scouts es “dejar el mundo en mejores condiciones de cómo lo encontramos”, y eso es lo que ella recoge de toda la relación con las comunidades, en especial con las más olvidadas, dejarles una huella, darles una alternativa para mejorar sus condiciones, que sean tomados en cuenta. Afirma que el mejor agradecimiento que se puede recibir al realizar actividades sociales es la sonrisa de una familia.

Valora mucho su propia familia y en su tiempo libre pasa todo el tiempo que puede con sus papás y su sobrina. Le encanta hacer bicicleta, lo hacía en el parque Metropolitano y en el ciclopaseo antes de la pandemia. Le gusta viajar. Tiene un grupo de amigos de toda la vida, que incluye a sus amigos scouts. Le gusta asistir a encuentros culturales o académicos en Quito y le resulta muy interesante ver cómo a personas con todo tipo de creencias, cuando coincide en alguna parte, les habla y les cuenta sobre la minería y le responden: “No pensaba que era así”. La información es poder.